Había ahorrado Luzmila unos miles de pesetas que, por no entrar en Bancos o en Cajas de Ahorro, llevaba siempre encima, en un sobre, junto a la cajita del Niño Jesús. Tenía una idea sumamente precisa del Reino de los Cielos. El Reino de los Cielos -creía firmemente Luzmila- era la casa del Niño Jesús de Praga. Y la Gloria era como la Bendición de los Carmelitas, a las seis, sin tener que salir después a la lluvia ajena de la tarde, a la soledad entrante de las calles y pasar delante del guardia de asalto plantado ante la puerta de la comisaría enfrente de la iglesia. Luzmila no iba nunca al cine, ni leía los periódicos, ni oía la radio. Con los años y los viajes de un lado a otro de España (porque Luzmila había viajado mucho de capital a capital de provincia en sus tiempos de aña) había dejado también de tener iglesia fija, un sitio fijo, quiero decir, donde ir a la iglesia. Su familia se había dispersado años atrás, al morir la madre y la abuela, y Luzmila, que había querido mucho a sus hermanos, los recordaba apenas. O recordaba sólo los monos sucios de diario, los inertes trajes de los dias festivos colgando en el armario, el olor rancio y el desorden cabrío de la habitación de sus hermanos varones. Recordaba, de hecho, ese desorden como un dato puro, subsistente, agobiante e ingrato. Quizá era esto sin saberlo lo que en un principio la había atraído al mundo aquél, pulido, del convento y de las madres, lindas como estampas, que iban y venían con sus caritas prietas, eternamente jóvenes, favorecidas por las tocas. Los dichos y maneras irreales de las monjitas la cautivaron como un cuento de princesas. Y quiso ser la lega que da cera al locutorio y que conserva brillante como una pared de espejos el alicatado de los pasillos.

Toda la imprecisión con que Luzmila recordaba a la familia propia había ido con los años transformándose en precisión minuciosísima al pensar en la Sagrada Familia.



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