San José volviendo de la carpintería por las noches, la Virgen que hilaba o que cosía los pantalones del Niño Jesús. El Niño Jesús que eternamente juega con las palomas (unas palomas que son siempre cinco y siempre blancas). Luzmila no movía mucho sus figuras. Todo lo contrario. Lo poco que hacían, lo hacían siempre igual y casi sin moverse. El misterio, el encanto de la figuración consiste precisamente en que sea tota simul et perfecta possessio. Y en que fuera inmóvil.

Luzmila comulgaba todos los días muy temprano por las mañanas y luego se iba andando haciendo tiempo hasta las nueve, que entraba en la casa de turno. Comulgar es comer y beber el cuerpo y la sangre del Niño Jesús de Praga. A Luzmila siempre le aterró ligeramente esta idea. La truculencia sagrada del banquete y los estómagos vacíos y las almas sin sombra, ni mota, ni partícula de falta. Siempre antes de comulgar se quitaba Luzmila la dentadura postiza para que entrara «sin morderse» – pensaba Luzmila- el Divino Pastor en el redil, en la cueva sonrosada, blanda, dulce, lavada, de la boca. Se horrorizaba Luzmila de todas aquellas bocazas abiertas de los comulgatorios, aquellos tragaderos cuajados de muelas sacrilegas. Tanta angustia llegó a producirle esta idea del sacrilegio y mordedura del Divino Infante, que para no ver a nadie cometiéndolo acabó Luzmila yendo a la primera misa de las cinco y media en Manuel Becerra. En los inviernos se arrodillaba Luzmila, tibia aún de la cama y la caminata, en una iglesia oscura que era -le parecía a Luzmila- solamente suya, y contemplaba, sin rezar ni pensar, encantada, la mariposa ardiente del aceite de la lámpara del sagrario. Husmo devoto, híbrido, ácido de la iglesia arropada en la levedad submarina del filo del amanecer que encandila los dibujos de las vidrieras de las capillas laterales.

Un día se confabularon la irrealidad de la iglesia desierta y la de la conciencia de Luzmila, y Luzmila comulgó dos veces.



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