Para sentir dos veces la presencia aquella, mágica, del Pan de los Ángeles, el redondel rígido y soso que cosquilleaba en el paladar, pegándose a él como una mejilla de barquillo. Al segundo día, sin embargo, le pareció a Luzmila una voracidad sin precedentes consumir las dos sagradas formas de una tirada y disimuladamente, al volver a su banco, se guardó la segunda en el pañuelo, haciendo como que tosía. Anduvo inquieta todo el día deseando terminar el trabajo y volver a casa para poner al Niño a salvo. Iba cada rato a mirar el pañuelo, sin atreverse a destaparlo, para que no se enfriara el Niño, el barquillo indefenso. Al terminar el trabajo compró en una mercería un joyero de conchas esmaltadas, el mejor y el más grande, con una vista de la playa de la Concha en la tapa y una inscripción que dice: «Recuerdo de San Sebastián». El sagrario aquél, el nido, fue llenándose con los Niños Jesuses de cada día, y a veces Luzmila ahorraba los dos que iban abarquillándose, amarilleándose, de la saliva reseca. Y esa era la reserva de Luzmila, mucho más real, en su pura irrealidad, que los miles del sobre. Y confortaba a Luzmila, como nos conforta lo imposible en nuestra imposibilidad.

Luzmila vivía en Madrid en una buhardilla con derecho a cocina. Lo del derecho a cocina quería decir que tenía derecho Luzmila a bajar a la cocina de la portera – un descansillo más abajo- «a calentarse lo que usted quiera». Ya desde el primer día, sin embargo, se vio que la portera -que ocupaba una habitación de dormir y la cocina dichosa- tenía mucho que decir sobre el concepto de derecho. Entendía la portera que la pura legalidad no hace justicia a los verdaderos intríngulis de los casos particulares y que convenía, por consiguiente, moderar la augusta impersonalidad de la ley con una prudente aplicación de la misma, enriqueciendo el mero concepto de derecho a cocina con el concepto infinitamente más sutil de favor especial a hacer uso de ella.



5 из 63