Todo fue bien hasta que apareció en escena el representante de productos agrícolas, un sujeto de media edad, algo gordo y baboso, que le dio veinte duros y un paquete de Chester por dejar Dorita que se la iniera. A partir de ahí -nunca entendió nadie bien por qué- todo empezó a ir de mazo en calabazo y Dorita, cuando la madre murió del patadón del mulo o del marido, se vino a Madrid a casa de la tía.

Dorita callejeó por Madrid un poco pensando en colocarse y un mucho pensando en no colocarse y ver en cambio lo bonita que es la capital. Hasta que un día dio en un cine de la calle de Carretas con uno parecido al representante de productos agrícolas y se ganó allí mismo los segundos veinte duros. Y de cine en cine y de maña en maña se propagó la homología por toda la vida de Dorita hasta no dejarle tiempo apenas para pensar un poco en colocarse. Eran siempre figuras parecidas de señores suaves, fondones, paternales, que no se entendían del todo a sí mismos y que invariablemente se avergonzaban de sí mismos cuando aquello terminaba. Siempre parecían asustados o solitarios. Siempre decían «no te puedo dar mucho», pero siempre pagaban muy de prisa lo poco que prometían al principio. Al final se deshacían sin dejar rastro. Por eso, entre otras cosas, era tan bueno aquel empleo de Dorita. «Me pasan a mí unos casos -pensaba regocijada- que ni "El Caso".» Y todas las semanas leía, de hecho, Dorita, «El Caso», en busca de uno parecido al suyo sin acabar de encontrarlo. Dorita y sus acompañantes coinciden en sólo poder percibirse mutuamente como invencible realidad.

En este segundo Madrid irreal, de picaresca revenida, que como una segunda naturaleza cubre el Madrid real, se le iba a Dorita el dinero, en todo, como agua. En cosas raras que se venden en las calles, en esmaltes de las uñas llegó a coleccionar cientos de frascos.



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