
Seguía pareciendo la misma Dorita en guardapolvo de las incubadoras, sólo que ahora no llevaba guardapolvo sino una especie de blusón largo y pantalones. Cuando llevaba pantalones, todavía parecía más un chico listo y hasta hubo equívocos de maricas que la seguían por eso. Y lo que decía su tía: que era poco mirada. Lo cual era verdad, pero no sólo en el sentido monetario en que lo decía su tía, sino también en el sentido de que a Dorita apenas se la veía ir y venir. Este carácter lábil de la figura de Dorita impregnará su existencia entera. Según la portera, era una ventaja tenerla en casa porque «ésta es lista como el hambre y tira para casa». Y la verdad es que en casa dejaba Dorita un tanto semanal para la comida y la cama. Y lo que decía la portera a las que preguntaban: «Que es que se tiene a alguien con una por las noches.» Dorita, pues, se estableció firmemente con su tía e iba -según todas las apariencias- aprendiendo de peluquera en una peluquería de la calle de Atarazanas. Esta precisa y cuidadosa mentira, como Dorita esperaba, había tranquilizado a su tía por completo.
Dorita y Luzmila se encontraron una noche en la puerta del retrete. Fue pura casualidad porque podían no haberse encontrado jamás y este relato no depende de ese encuentro en nada que no sea accidental.
El retrete da a un descansillo dos escalones más abajo que la buhardilla de Luzmila y tres más alto que la cocina de la portera. Es un lugar angosto, alto, con un ventanillo arriba a ras de techo y una bombilla, cagada de moscas, balanceándose, y como mirándose en el tazón mortuorio. Luzmila estaba dentro del retrete cuando giró, movido desde afuera, el picaporte. Luzmila se apresuró a salir en seguida. «Usted perdone», dijo sin mirar al salir, y pasó de largo, alta y hueca, con el abrigo puesto encima del camisón largo. Pero Dorita, que era sociable por naturaleza (y que había ya tratado sin éxito de abordar a Luzmila por pura curiosidad en otras ocasiones), se agarró esta vez al brazo de Luzmila y dijo: «Perdone las prisas, pero no sé qué he comido que estoy que me voy sola.» Luzmila subió a su habitación agitada y contenta.