
Dos rabinos intentan a toda costa llevar la paz espiritual a los judíos de la Alemania nazi. Durante dos años, aunque muertos de miedo, engañan a sus perseguidores y ofician ceremonias religiosas en varias comunidades. Finalmente los llevan presos. Uno de los rabinos, atemorizado por lo que pueda pasar de ahí en adelante, no deja de rezar ni un momento. El otro, por el contrario, se pasa todo el día durmiendo. -¿Por qué te comportas así? -pregunta el rabino, asustado. -Para ahorrar fuerzas. Sé que voy a necesitarlas de ahora en adelante -dice el otro. -Pero ¿no tienes miedo? ¿No sabes lo que puede pasarnos? -Tuve miedo hasta el momento en que nos apresaron. Ahora que estoy preso, ¿qué ganaría temiendo lo que ya ha ocurrido? El tiempo del miedo se acabó; ahora comienza el tiempo de la esperanza.
Dice el maestro: Voluntad. Es una palabra sobre la que la gente debería meditar un poco. ¿Cuáles son las cosas que no hacemos porque no tenemos voluntad, y cuáles las que no hacemos porque son arriesgadas? He aquí un ejemplo de lo que confundimos con «falta de voluntad»: hablar con desconocidos. A no ser una conversación casual, un simple contacto, un desahogo, raramente hablamos con desconocidos. Siempre pensamos que «es mejor así». Acabamos por no ayudar ni ser ayudados por la Vida. Nuestra distancia hace que parezcamos muy importantes, muy seguros de nosotros mismos. Pero, en la práctica, no dejamos que la voz de nuestro ángel se manifieste a través de la boca de los demás.
