
Un forastero buscó al padre Pastor en el monasterio de Sceta. -Quiero mejorar mi vida -dijo-. Pero no consigo dejar de pensar en cosas pecaminosas. El padre Pastor se dio cuenta de que fuera hacía viento y pidió al forastero: -Hace calor aquí. ¿Podrías coger un poco de viento de fuera, y traerlo para refrescar la sala? -Eso es imposible -dijo el forastero. -También es imposible dejar de pensar en cosas que ofenden a Dios -respondió el padre-. Pero si sabes decir que no a las tentaciones, no te causarán ningún daño.
Dice el maestro: Si hay que tomar una decisión, es mejor seguir adelante y atenerse a las consecuencias. No sabrás de antemano cuáles serán esas consecuencias. Las artes adivinatorias fueron hechas para aconsejar al hombre, y no para predecir el futuro. Son excelentes consejeras, pero pésimas profetisas. Di la oración que Jesús nos enseñó: «Hágase Tu voluntad.» Cuando esa voluntad supone un problema, trae consigo una solución. Si las artes adivinatorias predijesen el futuro, todos los adivinos serían ricos, felices y estarían casados.
El discípulo se acercó al maestro: -Durante años he buscado la iluminación -dijo-. Siento que estoy cerca. Quiero saber cuál es el paso siguiente. -¿De qué vives? -le preguntó el maestro. -Todavía no he aprendido a ganarme la vida; me ayudan mi padre y mi madre. En cualquier caso, es un detalle insignificante. -El paso siguiente es mirar al sol durante medio minuto -dijo el maestro. El discípulo obedeció. Al acabar, el maestro le pidió que describiese el campo a su alrededor. -No puedo verlo, el brillo del sol cegó mis ojos -respondió el discípulo. -Un hombre que sólo busca la Luz, y deja sus responsabilidades a los demás, acaba por no encontrar la iluminación. Un hombre que mantiene sus ojos fijos en el sol acaba por quedarse ciego -comentó el maestro.
