Un hombre caminaba por un valle de los Pirineos cuando se encontró con un viejo pastor. Compartió su comida con él y pasaron un largo rato conversando sobre la vida. El hombre decía que, si creyese en Dios, tendría que creer también que no era libre, ya que Dios dirigiría cada uno de sus pasos. Entonces el pastor lo llevó hasta un desfiladero donde se podía escuchar, con toda nitidez, el eco de cualquier ruido. -La vida son estas paredes y el destino es el grito de cada uno -dijo el pastor-. Todo aquello que hagamos será llevado hasta Su corazón, y nos será devuelto de la misma forma. «Dios acostumbra a actuar como el eco de nuestras acciones.»

Maktub quiere decir «está escrito». Para los árabes, «está escrito» no es la mejor traducción porque, aunque todo esté escrito, Dios es misericordioso, y sólo gastó su pluma y su tinta para ayudarnos. El viajero está en Nueva York. Se ha despertado tarde para una reunión y, al bajar, descubre que la grúa se ha llevado su coche. Llega después de la hora prevista, la comida se prolonga más de lo necesario, piensa en la multa; «va a costarme una fortuna». De repente, se acuerda del billete de un dólar que encontró el día anterior. Establece una relación extraña entre ese billete y lo que pasó por la mañana. «¿Quién sabe si no cogí el billete antes de que la persona adecuada lo encontrase? ¿Quién sabe si no saqué ese dólar del camino de alguien que lo necesitaba? ¿Quién sabe si interferí en lo que estaba escrito?» Necesitaba librarse de él y, en ese momento, ve a un mendigo sentado en el suelo. Le entrega rápidamente el dólar. -Un momento -dice el mendigo-. Soy poeta, quiero pagarte con una poesía. -La más corta, porque tengo prisa -responde el viajero. El mendigo dice: -Si aún sigues vivo es porque todavía no has llegado a donde debías.



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