El discípulo dijo al maestro: -He pasado gran parte del día pensando cosas que no debía pensar, deseando cosas que no debía desear, haciendo planes que no debía hacer. El maestro invitó al discípulo a dar un paseo por el bosque cercano a su casa. Por el camino, señaló una planta y le preguntó al discípulo si sabía qué era. -Belladona -respondió el discípulo-. Puede matar al que coma sus hojas. -Pero no puede matar al que simplemente las contempla -dijo el maestro-. De la misma manera, los deseos negativos no te pueden causar daño alguno si no te dejas seducir por ellos.

Entre Francia y España hay una cadena de montañas. En una de esas montañas, hay una aldea llamada Argelès. En esa aldea, hay una ladera que lleva hasta el valle. Todas las tardes, un anciano sube y baja esa ladera. Cuando el viajero fue a Argelès por primera vez, no se fijó en nada. La segunda vez vio que se cruzaba con un hombre. Y cada vez que iba a aquella aldea, se fijaba en más detalles, la ropa, la boina, el bastón, las gafas. Hoy en día, siempre que piensa en la aldea, también piensa en el viejecito, aunque él no lo sepa. El viajero conversó con él en una única ocasión. A modo de broma, le preguntó: -¿Cree que Dios vive en estas montañas que nos rodean? -Dios vive -respondió el viejecito- en los lugares en los que lo dejan entrar.

Una noche, el maestro se reunió con los discípulos, y les pidió que encendiesen una hoguera para que pudiesen conversar en torno a ella. -El camino espiritual es como el fuego que arde ante nosotros -dijo-. El hombre que desee encenderlo ha de soportar el humo desagradable, que hace que la respiración sea difícil y que produce lágrimas en los ojos. Así es la reconquista de la fe. -Sin embargo, una vez que el fuego está encendido, el humo desaparece, y las llamas lo iluminan todo, dándonos calor y calma. -¿Y si alguien encendiera el fuego por nosotros? -preguntó uno de los discípulos-. ¿Y si alguien nos ayudase a evitar el humo? -Si alguien hiciese eso, sería un falso maestro que puede dirigir el fuego a su voluntad, o apagarlo en el momento que quiera. Y como no enseñó a nadie a encenderlo, puede dejar el mundo entero a oscuras.



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