
Una amiga tomó a sus tres hijos y decidió irse a vivir a una pequeña hacienda en el interior de Canadá. Quería dedicarse sólo a la contemplación espiritual. En menos de un año, se enamoró, se casó otra vez, estudió las técnicas de meditación de los santos, luchó por un colegio para sus hijos, hizo amigos, hizo enemigos, descuidó su tratamiento bucal, tuvo un absceso, hizo autostop bajo tempestades de nieve, aprendió a arreglar el coche, a descongelar las tuberías, a estirar el dinero de la pensión para llegar hasta fin de mes, a vivir del subsidio de desempleo, a dormir sin calefacción, a reírse sin motivo, a llorar de desesperación, a construir una capilla, a hacer reparaciones en casa, a pintar paredes, a dar cursos sobre contemplación espiritual. -Finalmente comprendí que la vida en oración no significa aislamiento -dijo-. El amor de Dios es tan grande que hay que compartirlo.
– Cuando empieces tu camino, encontrarás una puerta con una frase escrita en ella -dice el maestro-. Vuelve y dime qué dice esa frase. El discípulo se entrega en cuerpo y alma a la búsqueda. Un día ve la puerta y vuelve junto al maestro. -Estaba escrito al comienzo del camino: «Esto no es posible» -dice. -¿Dónde estaba eso escrito, en un muro o en una puerta? -pregunta el maestro. -En una puerta -responde el discípulo. -Pues pon la mano en la manecilla y abre. El discípulo obedece. Como la frase está pintada en la puerta, se va moviendo con ella. Con la puerta totalmente abierta, ya no puede leer la frase, y sigue adelante.
Dice el maestro: Cierra los ojos. Ni tan siquiera necesitas cerrar los ojos, basta con que imagines la siguiente escena: una bandada de pájaros volando.
