Vale, ahora dime cuántos pájaros ves, ¿cinco, once, diecisiete? Sea cual sea la respuesta, y prácticamente nadie puede decir el número exacto, algo queda claro tras esta pequeña experiencia. Puedes imaginar una bandada de pájaros, pero el número de aves escapa a tu control. Sin embargo, la escena era clara, nítida, exacta. En algún lugar hay una respuesta para esta pregunta. ¿Quién especificó el número de pájaros que debía aparecer en la escena? No fuiste tú.

Un hombre decidió visitar a un ermitaño que vivía cerca del monasterio de Sceta. Después de caminar sin rumbo por el desierto, acabó encontrando al monje. -Necesito saber cuál es el primer paso que hay que dar en el camino espiritual -dijo. El ermitaño lo llevó hasta un pequeño pozo y le pidió que mirase su reflejo en el agua. El hombre obedeció, pero el ermitaño empezó a tirar piedras al agua e hizo que la superficie se moviese. -No podré ver bien mi rostro mientras usted siga tirando piedras -dijo el hombre. -Del mismo modo que es imposible para un hombre ver su rostro en aguas turbulentas, también es imposible buscar a Dios si la mente está ansiosa con la búsqueda -dijo el monje-.Éste es el primer paso.

En la época en que el viajero practicaba meditación zen budista, había un momento en el cual el maestro iba hasta la esquina del dojo (lugar donde se reunían los discípulos) y volvía con una varita de bambú. Algunos discípulos, que no habían conseguido concentrarse totalmente, levantaban la mano: el maestro se acercaba y les daba tres golpes en cada hombro. El primer día esto pareció medieval y absurdo. Más tarde, el viajero entendió que muchas veces es necesario traer al plano físico el dolor espiritual, para ver el daño que causa. En el camino de Santiago, aprendió un ejercicio que consistía en clavar la uña del índice en el pulgar cada vez que pensaba algo perjudicial. Las terribles consecuencias de los pensamientos negativos se notan demasiado tarde. Sin embargo, haciendo que estos pensamientos se manifiesten en el plano físico, a través del dolor, nos damos cuenta del daño que eso nos produce. Y acabamos por evitarlos.



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