
Aun así, ella estaba segura de que podría abrillantarlo lo suficiente para que hiciera un buen papel el día de su boda. Después de todo, su reputación y su sustento dependían del éxito de esa boda. Al menos esperaba que después de la ceremonia demostrara ser un marido amable y cariñoso. Ya que, en vista del gran retrato de marco dorado que colgaba en el salón de la casa de su padre, lord Greybourne no había sido bendecido con la generosidad de la atracción física.
La imagen de aquel cuadro había quedado impresa en su mente. Pobre lord Greybourne. Mientras que su padre, el conde, era bastante atractivo, lord Greybourne no lo era en absoluto. Aquella pintura dejaba ver un semblante pálido, mofletudo y sin sonrisa, rematado por unos delgados anteojos que aumentaban sus ya de por sí ordinarios ojos castaños. Definitivamente, no era el más atractivo de los hombres. Por supuesto que el retrato había sido encargado catorce años antes, cuando él no era más que un muchacho de quince años. Meredith esperaba que los años que había pasado fuera de casa lo hubieran mejorado de alguna manera, aunque tampoco le importaba demasiado. Además de ser una mujer modélica, lady Sarah no tenía, al contrario que muchas de las mujeres jóvenes de su edad, irreales ideas románticas al respecto del matrimonio. «Gracias a Dios -pensaba-, porque me temo que esta querida muchacha se va a casar más con la rana que con el príncipe.»
Sí, lady Sarah sabía que su obligación era casarse, y casarse con un buen partido, siguiendo los dictados de su padre. Meredith se alegraba de que lady Sarah no fuera una mujer difícil, como lo eran gran número de las modernas muchachas jóvenes, que pretendían llegar a casarse con pretendientes que las amaran. Meredith luchó contra el impulso de reírse ante tal sinsentido. Las parejas de amantes. El amor no tenía nada que ver con el éxito de un matrimonio.
