
Meredith se quedó mirando a lady Sarah, quien, a juzgar por su expresión, no parecía tan feliz como debería estarlo.
– No frunza las cejas, lady Sarah -la regañó amablemente Meredith-. Se le va a arrugar la frente. ¿Algo va mal? El vestido…
– El vestido es perfecto -contestó lady Sarah. Sus enormes ojos de color azul claro, que reflejaban un inequívoco dolor, se encontraron en el espejo con los de Meredith-. Estaba pensando en lo que me dijo… sobre lord Greybourne, que iba a quedarse prendado en cuanto me viera. ¿Piensa realmente que sucederá eso?
– Querida mía, ¡no debería usted dudarlo ni por un momento! Me tendré que colocar a su lado haciendo sonar una bocina para reanimarlo en cuanto caiga postrado a sus pies.
– Oh, querida -dijo lady Sarah abriendo desmesuradamente los ojos-, ¿y qué voy a hacer yo con un marido que se desmaya al verme?
Meredith pudo contener la risa a duras penas. Lady Sarah poseía muchas y admirables virtudes, pero, desgraciadamente, el sentido del humor no era una de ellas.
– Estaba hablando de manera figurada, no literal, querida mía. Por supuesto que lord Greybourne no es propenso a los desmayos -«eso espero», se dijo-. Como supondrá, con todos sus viajes y sus exploraciones, se trata uno de los hombres más fuertes y sanos que pueda encontrar.
«Solo puedo esperarlo y rezar por ello», se dijo de nuevo.
Como lady Sarah todavía parecía preocupada, Meredith la agarró de las manos, unas manos frías como un témpano, observó.
– No hay de qué preocuparse, querida. Es completamente natural y bastante común sentir un poco de ansiedad los días previos a la boda. Solo debe recordar esto: va a ser la novia más hermosa, su prometido demostrará ser el más galante y apasionado de los hombres, y su boda será de la que más se hable en la alta sociedad durante muchos años -«y de este modo asegurará mi reputación y mi futuro», pensó.
