
Al momento, su imaginación echó a volar y se vio a sí misma en el futuro, cómodamente instalada en una casa de campo en Bath, o quizá en Cardiff, tomando aguas termales, disfrutando del aire del mar, de la admiración y del respeto de todos los que se cruzaban con ella… y su miserable pasado estaba tan profundamente enterrado que nunca más podría volver a resucitar. Este matrimonio representaba la culminación de su dura lucha por hacerse un hueco -un hueco respetable- en el mundo por sí misma, pero eso no era más que el principio. Sus servicios como casamentera iban a ser los más solicitados, su futuro financiero se estabilizaría, y todo ello dedicándose a un servicio que se sentía obligada a ofrecer. Porque cualquier mujer merecía la protección y el cuidado de un amable y decente marido. Qué diferente habría podido ser su vida si su madre hubiera encontrado a un hombre de ese tipo…
– Papá ha recibido noticias de que el barco de lord Greybourne llegó al muelle esta mañana -dijo lady Sarah sacando a Meredith de sus ensoñaciones-. Acaba de enviarles una invitación a lord Greybourne y a su padre para que cenen con nosotros esta noche. -Las tersas y pálidas mejillas de lady Sarah se tiñeron de rubor-. Estoy muy nerviosa por conocer al hombre que va a ser mi marido.
– Y yo estoy segura de que él no puede esperar un minuto más para conocerla -contestó Meredith sonriendo.
Aunque los dos días que faltaban para la boda no dejaban a Meredith demasiado tiempo para poner al día a lord Greybourne sobre las reglas de sociedad, unas reglas que seguramente habría olvidado a lo largo de sus viajes, se sentía tranquila por el hecho de que hubiera pasado sus primeros veinte años de vida nadando en la abundancia.
Pero, de todas formas, ella debía convertirlo en un novio presentable. Y después de la ceremonia, en fin, entonces ya sería un problema (bueno, un proyecto) de lady Sarah.
