Se oyó un alboroto que provenía de la calle.

– ¿Qué estará pasando? -preguntó lady Sarah estirando el cuello para ver a través de la cortina verde valle que separaba la zona de vestidores de la parte delantera de la tienda de madame Renée.

– Voy a ver -dijo Meredith.

Caminó hacia la parte delantera de la tienda y miró afuera por la ventana principal de la fachada. En la calle había una hilera de carruajes parados en fila, y un grupo de viandantes a su alrededor, entorpeciendo su visión. Se puso de puntillas y vio al principio del atasco de tráfico un carro de panadero volcado, que era seguramente la causa del problema. Estaba a punto de darse la vuelta, cuando se dio cuenta de que un hombre de la altura de un gigante estaba de pie, al lado del carro volcado, y alzaba un puño del tamaño de un jamón en el que apretaba un látigo. ¡Por el amor de Dios, aquel tipo estaba a punto de azotar a un hombre que sostenía un perrito entre los brazos! Meredith se llevó las manos a la boca, pero antes de que pudiera emitir un grito, un tercer hombre, que estaba de espaldas a ella, ejecutó una rápida maniobra lanzando su bastón y derribando al gigante como si fuera un bolo. Entonces, el salvador le tiró lo que parecía ser una moneda al hombre, que todavía estaba sobre el carro volcado, y luego recogió con calma su bastón con extremo de plata, se lo colocó bajo el brazo y se marchó, desapareciendo entre la muchedumbre.

Meredith estiró el cuello con la esperanza de poder vislumbrar de nuevo a aquel valiente hombre, pero este ya se había perdido entre la gente. Un extraño aleteo, que se alojó en su estómago, la hizo estremecer. Cielos, qué hombre tan extraordinario y valiente. Y cómo se movía… rápido y ágil como animal de presa. Hermoso, fuerte, heroico. Su manera de luchar denotaba que podría tratarse de un rufián -de un ser completamente irrespetuoso, que había utilizado el bastón como si se tratara de un arma… Pero ¿qué hacía allí un hombre como aquel? Tal vez aquel bastón era un arma. De hecho en el extremo de plata que lo adornaba le pareció ver un extraño dibujo que no supo reconocer. Otro estremecimiento le recorrió la espalda, y mirando hacia abajo se dio cuenta de que se estaba agarrando el pecho con las manos.



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