Marcial sonrió desde el suelo.

– Gracias, viejo, pero te equivocaste. No habían hecho nada. Se reían nomás. Le tiré un patadón a uno y resbalé. El petiso me quería levantar.

Etchenaik tuvo ganas de dejarlo ahí, que le salieran raíces en el culo. No obstante le tendió la mano.

– Espera. ¿Esto es tuyo? -Marcial señaló los documentos perdidos en el entrevero, dispersos sobre la vereda.

Entre los dos recogieron los papeles. El cantor se detuvo en una tarjeta, la leyó en voz alta:

– Etchenaik, Investigaciones Privadas. Seguimientos. Pesquisas. Absoluta reserva… -lo miró divertido-. ¿Éste sos vos?

– Ahá… Soy yo.

– ¿Y te dedicas a estas alcahueterías?

Etchenaik le clavó los ojos y Marcial lo palmeó.

– Perdona. Te invito un vino…

6. Dando pena

– Mi mejor época fue con Maderna, claro -se entusiasmó el cantor. -Pero ha quedado muy poco grabado. Este «Trenzas» que escuchaste y «El milagro», con la letra completa, no como en la versión de Rivero con Troilo. Hay un disco con «Equipaje» de Carlitos Bahr y «Mulatada» del otro lado. En la orquesta de Rotundo también tengo algunos dúos con Enrique Campos… No más de ocho o diez tangos que no se reeditaron en long-play. A veces, como relleno en algún disco de Rotundo con Julio Sosa. Pero no más que eso.

Etchenaik hizo sonar el sifón de soda, pinchó una aceituna.

– Yo tengo un 78 tuyo con Maderna: «Pedacito de cielo» y «De barro». El vals es una cosa muy buena. Tal vez la mejor versión.

El cantor asintió y por un momento fue como si la melodía estuviese ahí, evocada por la memoria de los dos como un secreto compartido.



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