– ¿Y después, Marcial? Después de Rotundo, ¿qué hiciste?

– Anduve de solista unos años. Por Colombia, Perú, Chile, hasta que vino la malaria. Yo era peronista y después de la Libertadora no me dieron laburo. Tengo una foto con el General en Santo Domingo… Porque yo no soy de los que grabaron la marcha, pero siempre tuve mi corazoncito…

– ¿Te persiguieron?

– Y… jodian. Pero fue con la nueva ola y esas huevadas que todo se vino abajo. Ahí disolví la orquesta y seguí con guitarras. Al final largué, allá por el sesentaidós. En fin… nunca pensé en volver. «No voy a andar dando pena…» -tarareó.

Etchenaik acompañó el tarareo. Bebieron en silencio.

– Ahora tengo algunos rebusques todavía, pero no quiero ni oír las cosas viejas. Me hace mal. Es una cuestión de salud.

– Entiendo, pero creo que no deberías hacer eso… -dijo Etchenaik eligiendo las palabras como si fueran bombones.

El otro levantó el vaso y brindó con un pequeño golpecito.

– Cada uno sabe, ¿eh flaco?

– Cada uno sabe.

Entraron otros tipos, el cantinero se arrimó cansinamente a atenderlos y Etchenaik descubrió que bajo el delantal estaba en calzoncillos.

– ¿Lo conoces de hace mucho? -dijo señalándolo con un golpe de cabeza, sonriendo.

– Suelo venir. Pocholo es un entrerriano bolacero, chismoso… A veces le tiro alguna anécdota y a veces me las cree. Me fía.

– ¿Vos tenés quién te fíe? -siguió Marcial luego de un momento.

– No entiendo.

– Si tenés amigos, digo. Las relaciones al contado son otra cosa.

– Es muy tanguero eso.

– Y qué querés que sea.

Claro que no podía ser otra cosa. Etchenaik se sintió un poco estúpido. No sabía que se iba a sentir peor.

– ¿Vos estás un poco loco, no? -lo apuró Marcial. -Digo por ese berretín de hacerte el detective. ¿Andas calzado?



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