
El veterano entreabrió clásicamente el saco, mostró el bulto.
– No jodás mucho… Mira si te revientan… ¿Alguna vez tiraste, Etchenique?
– Etchenaik, viejo… Etchenaik es mi nombre en el laburo. Y claro que tiré -se ofendió como un detective verdadero.
– Habrás tirado la cadena.
Y rieron juntos. Era algo, después de tres vinos, a las dos de la tarde y con un diciembre que no dejaba respirar.
7. Olores familiares
La voz de Cacho sonó displicente y triunfal. Etchenaik clavaba el mentón en los puños superpuestos sobre el escritorio y hacía fuerza con los hombros y las cejas para encontrar una variante ganadora a ese estúpido final de caballos y peones.
– Tablas clavado, viejo -repitió el cafetero y acomodó los vasitos colocados en bandolera. Nunca abandonaba sus elementos de trabajo cuando jugaba, sentado en el borde de la silla y siempre dispuesto a irse.
– Pará -dijo Etchenaik imperativo.
La mano del veterano avanzó titubeante hasta un peón lateral pero se retrajo, decepcionada. Cacho hizo ruidos con la boca.
Estaban tan metidos en la partida que Tony García tuvo tiempo de sacarse el saco y mirarlos un momento antes de que su socio lo saludara distraído y volviera a intentar con el peón.
Mientras a sus espaldas concluía la batalla diaria y se firmaba un armisticio provisorio. Tony se cebó un mate y fue a tomarlo al balcón. La ventana estaba abierta y la cortina flameaba al aire cálido de las once de la mañana bajo el sol de febrero.
Se apoyó en el hierro descascarado y comprobó cómo, luego de dos meses, el cartel de Etchenaik, Investigaciones Privadas agarrado con alambre al balcón, languidecía entre el brillante acrílico que lo rodeaba. Las estridencias de un bowling y los relumbrones de la pizzería contigua lo relegaban a un segundo plano compartido con la partera de al lado y el pedicuro de más arriba.
