Hubo un ruido de sillas adentro. Etchenaik iba del paternalismo a la bronca mal contenida. Cacho amenazaba con futuros triunfos por escándalo. En ese momento sonó el teléfono. Atendió Tony.

– Es para vos -dijo.

Mientras Cacho se despedía, Etchenaik agarró el aparato y se sentó con él sobre las rodillas. Habló durante unos minutos. Su mirada iba, sin ver, de un lado a otro: el piso de largas tablas flojas, los sillones veteranos, el armario lleno de biblioratos con los recortes de su archivo policial armado con los últimos veinte años de «La Razón» y todo «Crónica». Un olor profundo y familiar como su propia cara impregnaba las cosas reunidas ocasionalmente en esa oficina que era casi una parodia literaria, un set de cine.

Colgó y puso el teléfono sobre el escritorio. Tony había hecho un mate nuevo.

– ¿Fue tablas, nomás? -dijo el gallego.

– Sí. Ese turro aprende demasiado rápido.

– Si se enteran en La Academia de que ya no le ganas ni al cafetero te van a prohibir la entrada…

– No levantes la perdiz… Ya no me dejan entrar.

– Mira… No te preocupes -dijo seriamente Tony-. Yo hasta el año pasado estuve entre los cincuenta mejores tableros del Centro Gallego y ahora, hace unos meses, no sé qué me pasa…

Etchenaik cerró con un golpe el cajón donde guardaba las piezas y el tablero. Sonrió. Tony tenía un humor extrañísimo. Era capaz de decir las mayores barbaridades sin que se le moviera un pelo de las cejas. Estaba en mangas de camisa, los pies sobre el escritorio y se pasaba un pañuelo por el cuello y la cara transpirados. Era imposible pensar que alguna vez había estado doce horas metido dentro de un saco blanco.

– Llamó Marcial Díaz -dijo Etchenaik-. Anda en dificultades, nos necesita. Y no me gustó nada lo que me dijo.



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