
– Buenas. ¿En qué puedo servirlo, encanto? -le dijo, arrastrando las palabras.
Will fijó los ojos en ella para desviarlos de las tentadoras tartas de cereza y de manzana que se exponían en platos detrás de la barra.
– ¿No tendrían un periódico para dejarme?
La joven le sonrió con sequedad y arqueó una ceja depilada. Echó un vistazo a la toalla húmeda que Will se sujetaba contra el muslo y, acto seguido, metió la mano debajo de la barra y sacó uno.Will sabía muy bien que lo había visto pararse delante de las oficinas del periódico local, al otro lado de la plaza, antes de dirigirse hacia el café.
– Muchas gracias -dijo al tomarlo.
La mujer se apoyó la palma de una mano en la cadera y lo recorrió de arriba abajo con los ojos mientras masticaba ostentosamente chicle.
– ¿Es usted forastero?
– Sí, señora.
– ¿Es el nuevo del aserradero?
Will tuvo que contenerse para no apretar el periódico doblado. Sólo quería leerlo y largarse enseguida de allí. Pero los dos hombres de la barra seguían observándolo. Notó su mirada especulativa y asintió con la cabeza a la camarera.
– ¿Le importa que me siente un momento para echarle un vistazo?
– Claro que no, adelante. ¿Quiere que le lleve una taza de café o cualquier otra cosa?
– No, señora, sólo…
Señaló con el periódico las mesas, se volvió y se sentó en una de ellas. Con el rabillo del ojo vio que la camarera sacaba un espejito y empezaba a pintarse los labios. Y se enfrascó en la lectura del Whitney Register. Había titulares sobre la guerra en Europa; la noticia de una reunión secreta entre el presidente Roosevelt y el primer ministro Churchill, que había dado lugar a algo llamado la Carta del Atlántico.
