Llegó a los límites de Whitney, apenas un claro entre los pinos, un pueblecito que dormitaba bajo el sol de la tarde y en el que casi sólo se movían las moscas que revoloteaban alrededor de las achicorias en flor. En las afueras, había pasado ante una nave frigorífica, una pequeña estación de tren pintada de color nabo, una tarima con un montón de jaulas para pollos vacías que olían a sus antiguos ocupantes debido al calor del sol. Había una casa abandonada llena de maravillas que crecían a su aire detrás de una desastrada valla de madera y, después, una hilera de casas habitadas, algunas de ladrillo rojo, otras de ladrillo gris, pero todas con mecedoras en el porche que indicaban cuántas personas vivían en ellas. Llegó hasta el edificio de un colegio, cerrado porque era verano y, por último, a la típica plaza de la mayoría de pueblos del Sur, dominada por una iglesia baptista y por el Ayuntamiento, y con varias tiendas separadas por solares vacíos: una farmacia, un comercio de ultramarinos, un café, una ferretería y una herrería. Frente a esta última había una gasolinera nueva coronada con un águila de cristal blanco.

Se detuvo frente a las oficinas del periódico local y contempló distraídamente su reflejo en el escaparate. Se toqueteó los valiosos y escasos billetes del bolsillo, se volvió y dirigió la mirada hacia el otro lado de la plaza, donde estaba el Café de Vickery, se caló bien el sombrero y cruzó rápidamente hacia allí.

En la plaza había una zona de césped y un quiosco de música rodeado de bancos de hierro negro. Sentados a la sombra fresca de un magnolio enorme, dos hombres mayores tallaban madera. Ambos alzaron los ojos hacia él cuando pasó. Uno lo saludó con la cabeza, escupió y siguió con su talla.

La puerta mosquitera del Café de Vickery tenía una placa roja y blanca que anunciaba la marca Coca-Cola. Will notó que el metal estaba caliente cuando lo tocó con las manos para abrir la puerta y entrar en el local. Esperó un momento para que los ojos se le habituaran a la menor intensidad de la luz. Dos hombres que tomaban café en la barra lo miraron con indolencia sin levantar los codos. Una joven pechugona recorrió con tranquilidad la barra.



9 из 464