
– ¿Lleva mucho tiempo aquí?
– Cuatro días.
– ¿Cuatro días, dónde?
– He estado trabajando en el aserradero.
– ¿Para Overmire?
Will asintió.
– No es buena persona. Estará mejor trabajando aquí. -Le indicó lo que les rodeaba con la mirada y prosiguió-: Yo he vivido toda mi vida aquí, en Whitney.
No suspiró, pero no tuvo que hacerlo. Will notó el hastío en sus palabras cuando observaba el deprimente patio. Volvió a mirar a Will y apoyó una mano huesuda en la panza. Cuando volvió a hablar, su voz contenía un ligero asombro.
– Colgué el anuncio en el aserradero hace más de tres meses y usted es el primer hombre lo bastante insensato como para subir hasta aquí para informarse al respecto. Sé lo que es este sitio. Sé lo que soy yo. Abajo, en el pueblo, dicen que estoy chiflada. -Echó la cabeza hacia delante en un gesto de desafío-. ¿Lo sabía?
– Sí, señora -respondió Will con tranquilidad.
Su rostro reflejó sorpresa y, acto seguido, soltó una risita.
– Es usted franco, ¿verdad? Bueno, es que no comprendo por qué todavía no ha salido corriendo, eso es todo.
Will cruzó los brazos y cambió el peso de pie. Aquella mujer andaba muy desencaminada. En cuanto se enterara de sus antecedentes penales, tendría que irse camino abajo más de prisa que una cucaracha cuando se encendía la luz. Decírselo era como ponerle una escopeta en las manos. Pero tarde o temprano iba a averiguarlo; era mejor quitárselo de encima de una vez.
– Tal vez sea usted quien debería salir corriendo.
– ¿Y eso?
– He estado en la cárcel -le anunció, mirándola fijamente a los ojos-. Es mejor que lo sepa desde el principio.
Esperaba señales rápidas de rechazo. Pero Eleanor Dinsmore sólo frunció la boca y comentó en tono de mal genio:
