– Quítese el sombrero para que pueda ver con qué clase de hombre estoy hablando.

Se lo quitó despacio y, al hacerlo, dejó al descubierto un semblante carente por completo de expresión.

– ¿Por qué lo encerraron? -preguntó entonces Elly.

Por la forma nerviosa en que Will se golpeaba el muslo con el ala del sombrero, notó que quería volver a ponérselo. Le gustó que no lo hiciera.

– Dicen que maté a una mujer en un burdel de Tejas.

La respuesta la dejó atónita, pero era tan buena como él poniendo cara de póquer.

– ¿Lo hizo? -Seguía con la mirada fija en los ojos inmutables de Will Parker. El control. La inexpresividad. Vio cómo la nuez se le movía al tragar con fuerza.

– Sí, señora.

– ¿Tenía un buen motivo para hacerlo? -preguntó, reprimiendo de nuevo su sorpresa.

– Eso creía entonces.

– Bueno, Will Parker, ¿planea hacerme lo mismo a mí? -dijo sin rodeos.

La pregunta pilló por sorpresa a Will, que esbozó una media sonrisa.

– No, señora -contestó tranquilamente.

Elly lo miró fijamente a los ojos, se acercó un par de pasos a él y decidió que no tenía aspecto de asesino y que tampoco se comportaba como si lo fuera. Desde luego, no era ningún mentiroso, tenía los brazos de un hombre muy trabajador y no iba a darle la lata hablando por los codos. Con eso le bastaba.

– Muy bien. Puede entrar en la casa entonces. ¿No dicen que estoy chiflada? Pues vamos a darles motivos para que lo hagan.

Cargó con el niño pequeño y dirigió al mayor por la nuca hacia dentro. Mientras andaba, éste se volvió para ver si Will los seguía; el que iba en brazos lo miraba por encima del hombro de su madre, pero ella le dio la espalda como para decirle que hiciera lo que quisiera.

Andaba como un pelícano, balanceándose a cada paso de modo desgarbado. Tenía el pelo sin brillo, los hombros redondeados y las caderas anchas.

La casa era esperpéntica; iba en varias direcciones a la vez, como si la hubieran construido por etapas, de modo que cada anexo hubiera seguido la inspiración del momento. La parte principal estaba orientada hacia el noroeste, un ala daba al oeste, y la entrada, al este. Las ventanas eran cuadradas, había remiendos de cinc en el tejado, y los peldaños del porche se estaban pudriendo.



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