
Pero el interior olía a pan recién hecho.
Los ojos de Will lo encontraron, enfriándose en la cocina, debajo de un paño. Cuando Eleanor Dinsmore dejó al niño pequeño en una trona y le ofreció una taza de café, tuvo que hacer un esfuerzo para prestarle atención.
Asintió en silencio, sin atreverse a pasar del felpudo de la puerta de la cocina. Desde ahí, observó cómo ella tomaba dos tazas resquebrajadas y las llenaba con el líquido de una cafetera de esmalte blanco que descansaba sobre la cocina económica de hierro. Mientras, el niño rubio se le escondía entre las faldas y entorpecía sus movimientos.
– Suéltame para que pueda servir este café al señor Parker, Donald Wade. -El niño siguió aferrado a ella, sin dejar de chuparse el dedo, hasta que al final se agachó para cargarlo-. Este es Donald Wade -anunció-. Es un poco vergonzoso. No ha visto muchos desconocidos en su vida.
– Hola, Donald Wade -lo saludó Will, que seguía en la puerta.
Donald Wade escondió la cabeza en el cuello de su madre sin decir nada mientras ella se sentaba en una silla de madera, a la mesa cubierta con un hule de flores rojas.
– ¿Se va a pasar toda la noche en esa puerta? -preguntó.
– No, señora. -Se acercó a la mesa con precaución, descorrió una silla y se sentó lejos de Eleanor Dinsmore, con el sombrero calado hasta las cejas. Y, aunque ella esperó, se limitó a tomar un sorbo de café caliente sin hablar, dirigiendo de vez en cuando los ojos hacia ella, hacia el niño y hacia algo que tenían detrás.
– Supongo que le gustaría saber cosas sobre mí -dijo Elly por fin.
Alisó la parte posterior de la camisa de Donald Wade con la palma de una mano y esperó una serie de preguntas que no llegaron.
