
Cuatro días llevaba ahí Will Parker, sólo cuatro esa vez, pero sabía lo que significaba la expresión del capataz tan bien como si ya hubiera hablado.
– ¿Parker? -dijo Overmire en voz alta, lo bastante alta como para que todos lo oyeran.
Will se puso rígido y, como a cámara lenta, apartó la espalda del árbol y dejó a tientas el tarro de cristal en el suelo.
El capataz se echó hacia atrás el sombrero de paja y frunció el ceño, de modo que todos los hombres le prestaran atención.
– Creo que dijiste que eres de Dallas.
Will sabía cuándo debía callar. Adoptó una actitud inexpresiva y alzó los ojos hacia Overmire masticando un pedazo de manzana acida.
– ¿Eres de ahí entonces?
Will se inclinó hacia un lado como si fuera a levantarse. Overmire le puso una bota en la entrepierna y lo empujó con fuerza.
– ¡Estoy hablando contigo, chico! -soltó, antes de recorrer con la mirada a sus subordinados para cerciorarse de que ninguno de ellos se perdía aquel intercambio.
El ramalazo de dolor obligó a Parker a apoyar ambas palmas en el suelo.
– He estado ahí -respondió estoicamente.
– También has estado en Huntsville, ¿verdad, chico?
La sensación asfixiante de avasallamiento se apoderó de Parker. Conocida. Degradante. Notó las miradas de prejuicio que le dirigían los hombres entre sonrisas prepotentes. Pero había aprendido a no replicar cuando detectaba aquel tono de superioridad, especialmente cuando escuchaba la palabra «chico». Sintió el sudor frío que se le formaba en el pecho, la sensación de impotencia que le producía la palabra pronunciada con la intención de que un hombre pareciera pequeño y, otro, poderoso. Bajo la presión de la bota de Overmire, contuvo la necesidad imperiosa de dar rienda suelta al odio que sentía y se escudó en una fingida indiferencia.
