– Ahí sólo encierran a los peores, ¿verdad, Parker?

Overmire empujó con más fuerza, pero Will se negó a mostrar su dolor. En lugar de eso sujetó el tobillo del otro hombre con una mano y apartó la bota de su cuerpo. Se levantó sin dejar de mirar al capataz, recogió su estropeado sombrero de vaquero, se lo sacudió en el muslo y se lo caló hasta las cejas.

Overmire soltó una risita, cruzó sus brazos fornidos y clavó los ojos maliciosos en el ex presidiario.

– Se comenta que mataste a una mujer en un prostíbulo de Tejas y que acabas de salir de la cárcel. No queremos a gente de tu calaña aquí, donde viven nuestras esposas y nuestras hijas. ¿Verdad, muchachos? -preguntó mientras dirigía una breve mirada a los hombres.

Los muchachos habían dejado de revolver en sus fiambreras.

– Bueno, ¿tienes algo que decir, chico?

Will tragó con fuerza y notó la piel de la manzana en la garganta.

– No, señor, salvo que me deben tres días y medio de paga.

– Tres -lo corrigió Overmire-. Aquí no pagamos medias jornadas.

Will fue a quitarse con la lengua un trocito de manzana que se le había quedado entre los dientes. Cuando movió la mandíbula, Harley Overmire cerró los puños. Will se limitó a mirarlo en silencio desde debajo del ala de su penoso sombrero de vaquero, sin embargo: no necesitaba verle las manos para saber que estaba dispuesto a pelear.

– Tres -accedió con tranquilidad.

Pero lanzó el hueso de la manzana bajo los pinos con una fuerza que hizo que los hombres empezaran de nuevo a revolver en sus fiambreras. Luego recogió el tarro envuelto en la toalla y siguió a Overmire hacia la oficina.

Cuando salió, los hombres se habían apiñado alrededor del reloj de fichar. Pasó entre ellos, encerrado en una burbuja de frialdad, mientras se guardaba los nueve dólares en el bolsillo de la camisa sin dejar de mirar al frente para evitar ver sus expresiones de superioridad.



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