
Pero un kilómetro más allá, pasó ante la misma granja en la que había robado el suero de leche, la toalla y la ropa, y sintió una enorme añoranza. En el porche trasero había una mujer sacudiendo una alfombra. Era joven y bonita. Llevaba el pelo bajo un paño de cocina anudado en la frente y un delantal rosa. Desde la casa le llegó el aroma de algo que se estaba horneando, y le sonaron las tripas. Cuando la mujer lo saludó con la mano, él escondió la toalla en el costado izquierdo con un profundo sentimiento de culpa. Sintió la necesidad imperiosa de recorrer el camino de entrada, devolverle sus pertenencias y disculparse. Pero imaginó que, si lo hacía, le daría un susto de muerte. Y, además, si iba andando hasta el pueblo siguiente le iría bien la toalla, y seguramente también el tarro de cristal. La ropa que llevaba era la única que tenía.
Dejó atrás la casa y avanzó hacia el norte por una carretera de grava. El olor de los pinos era agradable, lo mismo que su aspecto: verde, en contraste con la tierra rojiza. Había muchos ríos en la zona; arroyos que corrían raudos hacia el mar. Había visto unos cuantos rápidos en los que las aguas surgían veloces de las estribaciones del Blue Ridge en dirección a la llanura costera situada al sur. Y huertos frutales por todas partes: de melocotoneros, de manzanos, de membrillos y de perales. ¡Qué bonito debía de ser cuando todos esos árboles florecían! Nubes rosa perfumadas. Tras salir de aquel lugar tan duro, Will había descubierto que tenía una necesidad profunda de vivir las cosas dulces de la vida. Cosas en las que no se había fijado nunca antes: un melocotón que empezaba a madurar, el sol reflejado en una gota de rocío sobre una telaraña, el delantal rosa de una mujer con el pelo recogido bajo un inmaculado trapo blanco.
