
Tuve ganas de arrancar una de las tablillas sueltas de la barandilla de la escalera y pegarle con ella.
– Yo no la invité -chillé-, no sabía que iba a venir. No quería que viniera. No quería despertarme a las tres de la madrugada.
– No hace falta que chilles -dijo con severidad-. Y aunque no la estuvieses esperando, podíais haber subido a tu apartamento para hablar.
Abrí y cerré la boca varias veces, pero no pude elaborar una respuesta coherente. Además, había dejado a Elena en el vestíbulo con la esperanza de que se sintiera lo bastante ofendida como para coger su bolsa y marcharse. Pero al hacerlo ya sabía en el fondo de mi corazón que a esa hora no podría echarla. Así que el viejo tenía razón. El darle la razón no me hizo sentirme más feliz.
– Vale, vale -gruñí-, no volverá a pasar. Ahora déjeme ir, tengo un montón de cosas que hacer hoy -subí pisando fuerte hasta mi cocina.
Desde el cuarto de estar aún seguían filtrándose unos ronquidos sordos a través de la puerta cerrada. Hice una cafetera llena y me llevé una taza al cuarto de baño mientras me duchaba. Deseando salir del apartamento lo antes posible, me puse unos vaqueros y una camisa blanca e hice una pausa en la cocina para improvisarme un desayuno.
Elena estaba sentada a la mesa de la cocina. Se había puesto una bata acolchada sucia sobre el camisón violeta. Sus manos temblaban ligeramente; utilizó las dos para llevarse la taza de café a los labios.
Mostró una sonrisa ansiosa.
– Qué estupendo café haces, cariño. Tan bueno como el de tu madre.
– Gracias, Elena -abrí el refrigerador e hice recuento de su magro contenido-. Siento no poder quedarme a charlar, pero quiero tratar de encontrarte un lugar para dormir esta noche.
– Oh, Vicki… Victoria, quiero decir. No te precipites así. No es bueno para el corazón. Déjame quedarme aquí, sólo por unos cuantos días. Sólo para reponerme del susto del infierno que viví anoche. Te prometo que no te voy a molestar para nada. Y podría limpiarte un poco la casa mientras estás en el trabajo.
