
Sacudí implacablemente la cabeza.
– De ninguna manera, Elena. No quiero que vivas aquí. Ni una noche más.
Su cara se arrugó.
– ¿Por qué me odias, cariño? Soy la hermana de tu propio padre. Entre familiares hay que respaldarse.
– No te odio. No quiero vivir con nadie, pero además tú y yo llevamos unas vidas particularmente incompatibles. Sabes tan bien como yo que Tony diría lo mismo si estuviese aún entre nosotros.
Hubo un doloroso episodio cuando Elena anunció que se independizaba de mi abuela y se mudó a su propio apartamento. Pero como descubrió que la soledad no era de su agrado, apareció por nuestra casa en Chicago Sur un fin de semana. Se quedó tres días. No fue mi fiera mamá quien le pidió que se fuera -el amor de Gabriella por los desvalidos era capaz de abarcar incluso a Elena-, pero mi acomodadizo padre volvió a casa un lunes después de su turno en el cementerio y se la encontró desvanecida sobre la mesa de la cocina. La metió en la unidad de desintoxicación del condado y cuando salió de allí se negó a dirigirle la palabra durante seis meses. Al parecer, Elena también recordaba este episodio. Los pucheros desaparecieron de su cara. Parecía destrozada y, no sé por qué, más real.
Le apreté suavemente el hombro y le ofrecí unos huevos. Sacudió la cabeza sin decir palabra y me contempló en silencio mientras yo untaba pasta de anchoas en una tostada. Me la comí rápidamente y salí antes de que la conmiseración turbara mi juicio.
Eran ya más de las nueve. Ya se estaban terminando los atascos de la mañana y llegué rápidamente a la autovía pasando por Belmont. Pero al acercarme al Loop, el tráfico se iba inmovilizando conforme avanzábamos entre un laberinto de obras. Las cuatro millas de la calzada del Ryan entre la calle Eisenhower y la Treinta y Uno, que se supone son las ocho calles más concurridas de todo el universo conocido, habían terminado por derrumbarse bajo el peso de los semirremolques.
