Me senté en el suelo del comedor y practiqué algunos ejercicios respiratorios, tratando de aflojar el nudo que tenía en el estómago. Finalmente conseguí relajarme lo suficiente como para hacer mis estiramientos antes de correr.

Como no quería volver a ver la cara enrojecida de Elena, bajé por la escalera de atrás y recogí a Peppy por la puerta de la cocina del señor Contreras. El viejo asomó la cabeza y me llamó justo cuando estaba cerrando la puerta; fingí no haberle oído. Pero no pude hacerme otra vez la sorda cuando volví: me estaba esperando, sentado en las escaleras de servicio con el Sun-Times, comprobando sus apuestas del día para Hawthorne. Intenté dejar a la perra y escaparme escaleras arriba, pero me agarró la mano.

– Espera un segundo, cielo. ¿Quién era esa señora a la que hiciste entrar anoche?

El señor Contreras es un mecánico retirado, viudo y con una hija casada a la que no le tiene un afecto particular. En el transcurso de los tres años que llevamos viviendo en el mismo edificio, ha llegado a tomarme el apego de un tío adoptivo, o tal vez de una lapa.

Liberé mi mano de un tirón.

– Mi tía. La hermana menor de mi padre. Siente inclinación por los hombres maduros con buenas pensiones, así que asegúrese de tener puesta toda su ropa si esta tarde se detiene a charlar.

Ese tipo de comentario siempre le sulfura. Estoy segura de que oyó -y dijo- cosas mucho peores tirado en el suelo en sus tiempos de mecánico, pero de mí no soporta ni siquiera referencias veladas al sexo. Se pone rojo y tan al borde del enfado como puede estarlo alguien con un talante tan indefectiblemente alegre como él.

– No necesitas decirme guarrerías -espetó-. Sólo estoy preocupado. Y te diré, bomboncito, que no deberías permitir que la gente venga a verte así a cualquier hora. O al menos, si lo haces, no deberías dejarles en el vestíbulo, dando unas voces como para despertar a todo el edificio.



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