
La desviación hacia la calzada de la orilla del Lago había sido tan hábilmente disimulada que antes de darme cuenta me encontré en posición paralela a la baliza que bloqueaba una de las salidas. Con mi acompañante de dieciséis toneladas pisándome los talones, no podía dar un frenazo y sortear bruscamente la baliza. Apreté los dientes y bajé hasta la Treinta y Cinco, luego subí a Cermak tomando calles laterales.
El hotel de viviendas de ocupación individual de Elena estaba a unas cuantas casas al norte de la intersección con Indiana. La pequeñísima duda que había tenido respecto a su historia se desvaneció cuando subí la calle desde el cruce. El Hotel Indiana Arms (se admiten viajeros, tarifas al día o al mes) se había jubilado y unido a los demás despojos de la calle. Aparqué y me acerqué a mirar su esqueleto.
Rodeando el edificio hacia el lado norte, descubrí a un hombre con una chupa deportiva y un casco hurgando en los escombros. De vez en cuando recogía algún residuo con unas pinzas y lo metía en una bolsa de plástico. Marcaba la bolsa y luego murmuraba algo en un dictáfono de bolsillo antes de proseguir su exploración. Me vio cuando giró hacia el este para rebuscar dentro de un prometedor promontorio de sedimentos. Terminó de recoger un objeto y de marcar su envase antes de acercarse a mí.
