Los altos mostradores y las paredes desnudas nos hacían sentir como si fuésemos solicitantes a la puerta de un campo de trabajo soviético. No había ningún asiento; cogí un número y me apoyé en la pared para esperar mi turno.

Junto a mí, una mujer de unos veinte años, en avanzado estado de gestación y con un bebé ya grande en los brazos, estaba bregando con otro niño que apenas caminaba. Le ofrecí cogerle al bebé o distraer al de dos años.

– Está bien -dijo suavemente en voz baja-. Todd sólo está cansado de estar en pie toda la noche. No pudimos entrar al refugio porque nos mandaron a uno que no admitía bebés. No pude conseguir dinero para el autobús y volver aquí para que nos mandaran a otro.

– ¿Y entonces qué hizo? -no sabía qué era más terrible, si su lamentable situación o su forma dulce y resignada de contarlo.

– Bueno, encontramos un banco en el parque allá arriba, en Edgewater, junto al refugio. El bebé durmió, pero Todd no se podía acomodar.

– ¿No tiene amigos o familiares que la puedan ayudar? ¿Y el padre del bebé?

– Bueno, él ha intentado encontrarnos casa -dijo con indiferencia-, pero no encuentra trabajo. Y mi madre, estábamos viviendo con ella, pero tuvo que ir al hospital, parece que va a estar allí mucho tiempo y no puede seguir pagando el alquiler.

Eché un vistazo a mi alrededor. Docenas de personas esperaban antes que yo. La mayoría tenían esa mirada abatida de mi interlocutora, cuerpos encorvados por tanta humillación. Los que no, se mostraban agresivos, en espera de aceptar un sistema que no había posibilidades de vencer. Las necesidades de Elena -mis necesidades- estaban con toda seguridad muy por detrás de su urgente solicitud de refugio. Antes de irme le pregunté si Todd y ella querían desayunar algo: iba a acercarme al burguer a comprar algo.

– Aquí dentro no dejan comer, pero a lo mejor Todd quiere ir con usted a comer algo.



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