
Todd mostraba una gran renuencia a separarse de su madre, ni siquiera para conseguir algo de comer. Finalmente lo dejé gimiendo junto a ella, fui al burguer, compré una docena de panecillos con huevo y envolví todo en una bolsa de plástico para ocultar que era comida. Se lo alargué a la mujer y salí tan rápidamente como pude. Aún sentía escalofríos en la piel.
Capítulo 3
Peter no es ningún santoEl tipo de alojamiento que Elena podía pagar no parecía ser de los que anuncian en los periódicos. Las únicas residencias que venían en los anuncios por palabras estaban en Lincoln Park y eran a partir de cien dólares a la semana. Elena estaba pagando setenta y cinco al mes por su cuartito del Indiana Arms.
Me pasé cuatro horas pateando inútilmente las calles. Peiné el barrio Sur, cubriendo la calle Cermak entre Indiana y Halsted. Hace un siglo vivían aquí los Fields, los Sears y los Armour. Cuando se fueron a la orilla norte, la zona se degradó rápidamente. Hoy sólo se encuentran terrenos baldíos, vendedores de coches, viviendas de protección oficial y las ocasionales viviendas de ocupación individual. Hace algunos años alguien decidió restaurar todo un bloque de las mansiones originales. Allí se alzan, como una macabra ciudad fantasma, opulentas carcasas vacías en medio de la decadencia que impregna la vecindad.
Los pilotes del ferrocarril elevado del Dan Ryan que corren sobre mi cabeza me hacen sentir insignificante mientras voy de puerta en puerta, preguntando a algún portero borracho o indiferente por un cuarto para mi tía. Recordé vagamente haber leído algo respecto a todas las viviendas de ocupación individual que fueron derribadas cuando construyeron las Torres Presidenciales, pero por lo que fuese el impacto que eso pudo tener en la calle no me había impresionado antes. Sencillamente no había alojamiento disponible para gente de escasos recursos como Elena. Los hoteles que encontré estaban todos llenos -y las víctimas del incendio de la noche anterior, más listas que yo, habían estado allí al amanecer para alquilar los pocos cuartos disponibles. Caí en eso a la cuarta vez que un mugriento encargado me dijo: "Lo siento, si hubiese venido a primera hora de la mañana, cuando aún teníamos algo…"
