
A las tres suspendí la búsqueda. Al borde del pánico ante la perspectiva de tener que alojar a Elena indefinidamente en el futuro, me dirigí a mi oficina del Loop para llamar a mi tío Peter. Esa decisión sólo podía tomarla cuando el pánico se apoderaba de mí.
Peter fue el primer miembro de mi familia que hizo algo constructivo en su vida. Tal vez el único miembro, además de mi primo Boom-Boom. Nueve años más joven que Elena, Peter se había ido a trabajar a las haciendas ganaderas cuando volvió de Corea. Se dio cuenta muy rápidamente de que quienes se hacían ricos con el negocio de la carne no eran los polacos que atronaban a las vacas a mazazos en la cabeza.
Reunió algunos dólares de aquí y allá, pidiendo a los amigos y conocidos, e inició su propia empresa de fabricación de salchichas. El resto fue la clásica historia del sueño americano.
Siguió a los ganaderos hasta Kansas City cuando se trasladaron allí a principios de los setenta. Ahora vivía en una casa enorme del elegante distrito de Mission Hills, mandaba a su mujer a París a comprarse ropa de primavera, enviaba a mis primos a dispendiosas escuelas privadas y a campamentos de verano, y conducía los últimos modelos de Nissan. Sólo en América. Peter también se distanció cuanto pudo de la rama de la familia de bajo presupuesto.
Mi oficina del edificio Pulteney era definitivamente un valor a la baja. En los últimos años, el Loop se había extendido principalmente hacia el oeste. El Pulteney está en la franja sudeste, donde las cabinas de pomos baratos y las casas de empeños hacen bajar los alquileres. El paso elevado de Wabash hace vibrar las ventanas del cuarto piso, dispersando las palomas y la mugre que suelen anidar allí.
