– Sí, sí -por fin pude detener el caudal-. Lo sé. Sencillamente, una mujer como Elena no le pega a un sitio como Mission Hills. Los borrachos de allí se hacen la manicura todas las semanas. Entiendo.

No era la mejor introducción para una solicitud de ayuda financiera. Cuando terminó de clamar a voces su indignación, le expliqué el problema. Contrariamente a lo que esperaba, la noticia de que Elena estaba aún en Chicago no le alivió lo suficiente como para que consintiera en echarle un cable.

– Categóricamente, no. Se lo dejé totalmente claro la última vez que la ayudé. Fue cuando perdió estúpidamente la casa de mamá en aquel ridículo plan de inversión. Tal vez recuerdes que contraté a un abogado para ella, que vio que se podría recuperar algo con la venta. Eso fue todo, mi último compromiso con sus asuntos. Es hora de que aprendas la misma lección Vic. Una alcohólica como Elena te chupará hasta la última gota. Cuanto antes te des cuenta de eso, más te facilitarás la vida.

Oír algunos de mis propios pensamientos negativos de sus pomposos labios me hizo revolverme en mi silla.

– Pero si mal no recuerdo, Peter, ella pagó a ese abogado. Y nunca te ha pedido dinero, ¿no? Sea como sea, yo vivo en un apartamento de cuatro cuartos. No puede quedarse conmigo. Lo único que pido es el dinero suficiente para pagarle el alquiler de un apartamento decente durante un mes, mientras la ayudo a buscar un alojamiento que pueda pagar.

Soltó una malévola risotada.

– Eso es lo que dijo tu madre aquella vez que Elena apareció en tu casa de Chicago Sur, ¿recuerdas? Ni siquiera Tony pudo soportar tenerla cerca. ¡Tony! Y eso que él podía soportar cualquier cosa.

– No como tú -comenté ásperamente.



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