– Sé que lo dices como un insulto, pero yo lo tomo como un cumplido. ¿Qué te dejó Tony al morir? Esa miserable casa de Houston y los restos de su pensión.

– Y un apellido que estoy orgullosa de llevar -espeté, totalmente encrespada-. Y a propósito, no hubieses conseguido tu pequeña máquina de hacer albondiguillas sin su ayuda. Así que haz algo por Elena a cambio. Estoy segura de que, dondequiera que esté ahora, Tony lo consideraría como una justa retribución.

– Le pagué a Tony hasta el último centavo -se indignó Peter-, y no le debo un carajo a él ni a ti. Y sabes perfectamente bien que son salchichas, y no albondiguillas.

– Sí, pagaste hasta el último centavo. Pero una parte de los beneficios, o incluso un pequeño interés, no te hubiera matado, me parece a mí.

– No gastes esa palabrería sentimentaloide conmigo, Vic. He dado demasiadas vueltas como para hacer el primo.

– Igual que un coche usado -dije amargamente.

La línea quedó muda. El placer de haber tenido la última palabra no me compensaba el haber perdido la batalla. ¿Por qué coño tenían que ser Peter y Elena los supervivientes de la familia de mi padre? ¿Por qué no había muerto Peter y Tony seguía estando entre nosotros? Aunque no como estaba en los últimos años de su vida. Me tragué mi bilis y traté de borrar la imagen de mi padre el último año de su vida, su cara congestionada, su cuerpo sacudido por una tos incontrolable.

Apretando los labios con amargura, miré el montón de correspondencia sin contestar y los papeles sin archivar en mi mesa. Tal vez aún estaba a tiempo de entrar en el siglo xx mientras le quedaba todavía una década. Conseguir un éxito profesional tan sonado que pudiera pagarme por lo menos una secretaria que me llevara algo del papeleo, una ayudante que pudiese asumir algo del trabajo ingrato.

Hurgué en los papeles con impaciencia hasta que por fin encontré los números que necesitaba para mi inminente presentación. Llamé a Tesoros Visibles para saber hasta qué hora podía llevárselos para que los revelaran por la noche. Me dijeron que, si los llevaba sobre las ocho, podían fotografiarlos y hacerme las diapositivas cobrándome sólo la tarifa doble. Cuando me dijo el precio me sentí un poco mejor, no era tan terrible como temía.



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