
Pasé mis esquemas a máquina en la vieja Olivetti de mi madre. Si no podía pagarme una ayudante, tal vez debería al menos gastarme unos cuantos miles en un sistema de publicación de despacho. Por otra parte, la energía que necesitaba para usar el teclado de la Olivetti me fortalecía las muñecas.
Eran un poco más de las seis cuando terminé de escribir a máquina. Rebusqué en mis cajones una carpeta de papel manila para mis gráficos. Como no encontré una nueva, vacié el contenido del archivo de seguros sobre la mesa y embutí dentro mis documentos. Ahora la mesa parecía el vertedero municipal cuando los camiones acaban de descargar. Podía imaginarme a Peter mirándola, arrugando la cara con una mueca prepotente. Tal vez el estar comprometida con la verdad, la justicia y el "American Way of Life" no implicaba necesariamente el trabajar en condiciones miserables.
Volví a meter los papeles de seguros en su archivo y lo llevé al archivador, donde encontré una sección sobre gastos de empresa que parecía lo suficientemente afín. Con una grata sensación de virtud, inserté "seguros" entre "reclamaciones" y "siniestros". Llegada a ese punto, ojeé la correspondencia de dos semanas acumulada sobre la mesa, firmé unos cuantos cheques, rellené algunos documentos y rompí algunas circulares. Casi debajo de toda la pila encontré un grueso sobre blanco del tamaño de una invitación de boda con la divisa "Mujeres del Condado de Cook por un Gobierno Abierto" grabada en cursiva en el borde superior izquierdo.
Estaba a punto de tirarlo cuando de repente me di cuenta de lo que era: en un arranque de locura había aceptado apoyar una campaña política de recaudación de fondos.
