Marissa Duncan y yo habíamos trabajado juntas en el bufete de un abogado de oficio hacía una eternidad o dos. Era una de esas personas que viven y mueren por la política, tanto en el despacho como en la calle, y ella elegía cuidadosamente sus temas. Había sido activa en nuestra campaña para sindicarnos en la oficina del abogado, por ejemplo, pero se había cuidado de no involucrarse en los temas tocantes al aborto: no quería que nada le fuera un lastre si decidía presentarse a algún puesto público.

Había dejado al abogado de oficio hacía unos años para trabajar en la desastrosa campaña de Jane Byrne por la alcaldía; ahora tenía un agradable empleo en una importante firma de relaciones públicas especializada en vender candidatos. Sólo me telefonea cuando está planeando alguna gran campaña. Cuando me llamó cuatro semanas atrás, acababa de terminar un espinoso trabajo para un fabricante de rodamientos de Kankakee. Me había pillado flotando en esa agradable sensación provocada por la combinación de una buena demostración de competencia y un abultado cheque.

– Una gran noticia -dijo entusiasta, haciendo caso omiso de mi tibio "hola"-: Boots Meagher va a patrocinar una colecta de fondos para Rosalyn Fuentes.

– Gracias por decírmelo -dije educadamente-. No tendré que comprar el Star por la mañana.

– Desde luego, siempre has tenido un gran sentido del humor, Vic. Los políticos no pueden darse el lujo de decirte que para ellos eres como un grano en el culo. Pero esto es de verdad emocionante. Es la primera vez que Boots respalda a una mujer con un acto público. Va a dar una fiesta en su casa de Streamwood. Será una magnífica ocasión para ver al candidato, y para conocer a algunos de los miembros de la Junta del condado. Todo el mundo estará allí. Puede que hasta se pasen por ahí Rostenkowski y Dixon.

– Me da un vuelco el corazón sólo de pensarlo. ¿A cuánto vendes las participaciones?



22 из 373