
– A quinientos las de miembro patrocinador.
– Eso me viene grande. Además, creí que habías dicho que Meagher la estaba patrocinando -objeté, sólo por incordiar.
Un matiz de impaciencia terminó por filtrarse en su voz.
– Vic, ya sabes cómo funciona: quinientos para salir en la lista de patrocinadores del programa, doscientos cincuenta para ser colaborador, y cien para entrar.
– Lo siento, Marissa. No van por ahí mis tiros. Y además, no soy tan entusiasta de Boots -su verdadero nombre era Donnel. Le pusieron ese apodo cuando los reformistas del 72 creyeron poder sacar a los hombres de Daley de las listas del condado. Habían propuesto a algún pobre don nadie muy formal cuyo nombre ni siquiera recuerdo, con el eslogan de "Que le den la patada
Marissa dijo muy seria:
– Vic, necesitamos más mujeres aquí. Si no, parecerá que Roz se ha vendido a Boots y perderemos gran parte de nuestro apoyo de base. Y, aunque ya no estés con el abogado, tu nombre sigue inspirando mucho respeto en las mujeres de por aquí.
En pocas palabras, para abreviar la historia, utilizó la adulación, el activo de Fuentes en favor del libre albedrío, y mi culpabilidad por haberme apartado desde hacía tiempo de la acción política, para convencerme de ser patrocinadora. Y además tenía un cheque de dos mil dólares que me sonreía desde mi mesa.
El grueso sobre blanco contenía la invitación, un programa y un sobre respuesta para mis doscientos cincuenta dólares. Marissa había garabateado en el programa con su enorme letra infantil: "Tengo muchísimas ganas de volver a verte".
Hojeé el folleto para ver la lista de los patrocinadores y colaboradores. Una vez que aceptó encargarse de la colecta de fondos, Boots había ido por todos lados echando mano de los demócratas de siempre. O tal vez se trataba del trabajo de Marissa. En las páginas resplandecían los nombres de jueces, de diputados, de senadores y de directores de grandes firmas. Hacia el final de la lista de patrocinadores estaba mi nombre. De alguna antigua agenda o partida de nacimiento Marissa había sacado mi segundo nombre de pila. Cuando vi el "Ifigenia" saltándome a los ojos, estuve a punto de llamarla y de retirar mi apoyo: procuro que la locura que le dio a mi madre de llamarme así siga siendo un secreto sólo conocido por la familia.
