
La función era el siguiente domingo. Consulté mi reloj: las siete y cuarto. Podía llamar a Marissa y aún tenía tiempo de llegar a Tesoros Visibles.
Aunque era tarde, aún estaba en su oficina. Intentó parecer encantada de oírme, pero no lo consiguió del todo: Marissa me prefiere cuando le hago algún favor.
– ¿Lista para el domingo, Vic?
– ¡Ya lo creo! -dije con entusiasmo-. ¿Qué hay que ponerse? ¿Vaqueros o traje de noche?
Se relajó.
– Oh, es informal, una barbacoa, ¿sabes? Yo llevaré un vestido seguramente, pero los vaqueros irán muy bien.
– ¿Viene Rosty? Dijiste que tal vez.
– No. Pero estará la jefa de su oficina de Chicago, Cindy Mathiessen.
– Estupendo -adopté el tono de una jefa de animadoras-. Quiero hablar con ella de las Torres Presidenciales.
El recelo volvió a oírse en la voz de Marissa al instante, al preguntarme por qué quería discutir sobre el complejo.
– Las viviendas de ocupación individual -dije muy seriamente-. Sabes, unas ocho mil viviendas se perdieron cuando despejaron la zona para construir las Torres. Tengo una tía, sabes -le expliqué lo de Elena y el incendio-. Así que no me siento muy entusiasta respecto a Boots, ni a Rosty, ni a ninguno de los demás demócratas locales, desde que ando con el problema de encontrarle alojamiento. Pero estoy segura de que si saco la conversación con… ¿cómo has dicho que se llamaba?… ¿Cindy? Si lo comento con Cindy, es posible que ella pueda ayudarme.
Me pareció que el teléfono vibraba con el sonido de los engranajes que giraban en la cabeza de Marissa. Finalmente dijo:
