– ¿Cuánto puede gastarse tu tía?

– Estaba pagando setenta y cinco en el Indiana Arms. Al mes, quiero decir -hacía un rato que se había puesto el sol y el cuarto estaba oscuro a excepción del círculo de luz de la pantalla de mi lámpara de mesa. Me acerqué hasta la pared con el teléfono en la mano para encender las luces del techo.

– ¿Si le encuentro casa me prometes no hablar de las Torres Presidenciales el domingo? ¿Con nadie? Es una gente un poco susceptible.

Se refería a los demócratas. Con el foco ya dirigido al Portavoz de la Casa Blanca por cuestiones éticas, no querían que se les dijera nada embarazoso a sus muchachos.

Hice alarde de no estar muy convencida.

– ¿Podrías conseguirlo para mañana por la noche?

– Si ésa es la condición, Vic, lo haré para mañana por la noche -no intentó ocultar el mal humor de su voz.

Me quedaban sólo veinte minutos para llegar a Tesoros Visibles antes de pagar el cuádruple por tarifa nocturna, pero me tomé otro minuto más para extender un cheque a Mujeres del Condado de Cook por un Gobierno Abierto. Al cerrar la puerta de la oficina, me puse a silbar por primera vez en todo el día. ¿Quién dice que hacer chantaje no es divertido?

Capítulo 4

La tía se esfuma

Eran casi las nueve cuando por fin salí del Kennedy, en la calle California, y me dirigí a la calle Racine. No había cenado, no había tomado nada desde que a las dos me zampara una sopa polaca en un restaurantucho del canal. Quería paz y tranquilidad, un baño caliente, una copa y una buena cena -tenía una chuleta de ternera en el congelador que estaba reservando para una noche agotadora como ésta. En lugar de eso, me preparé a pasar una noche con Elena.

Cuando aparqué al otro lado de la calle y levanté la vista hasta el tercer piso, las ventanas estaban oscuras. Mientras subía penosamente la escalera, me imaginé a mi tía derrumbada sin sentido en la mesa de la cocina. O sobre el sofá abierto en el cuarto de estar. O en el piso de abajo, seduciendo al señor Contreras.



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