No le había dado a Elena ni llaves, ni instrucciones respecto a los dos cerrojos de seguridad. Abrí la cerradura de abajo -la que se bloquea automáticamente al cerrar la puerta-, y encendí la luz del pequeño vestíbulo. Arrojó un débil resplandor en el cuarto de estar. Pude ver que el sofá había sido restituido a su posición cerrada.

Atravesé el comedor para entrar en la cocina y encendí la luz de allí. La cocina estaba reluciente. Los platos acumulados en la pila durante tres días habían sido lavados y recogidos. Los periódicos habían desaparecido, el suelo estaba fregado, y la mesa estaba limpia y despejada. En medio había una hoja arrancada de uno de mis blocs amarillos, cubierta con la letra irregular y desgarbada de Elena. Había escrito: "Vicki", luego lo había tachado y reemplazado por "Victoria, cariño:

"Muchas gracias por haberme prestado una cama anoche, cuando la necesitaba. Sabía que podía contar contigo en caso de apuro, siempre has sido una buena chica, pero no quiero quedarme sin hacer nada y ser una carga para ti, y estoy viendo que lo sería, así que te deseo mucha suerte, pequeña, y ya nos veremos en el dulce más allá, como dicen."

Había trazado ocho grandes X y firmado con su nombre.

Desde las tres de la madrugada había estado maldiciendo a mi tía por acudir a mí y deseando que al volver a casa me diera cuenta de que todo lo ocurrido no había sido más que un mal sueño. Mi deseo se había realizado, pero en vez de alegrarme, sentí un pequeño vacío bajo el diafragma. Pese a su rápida familiaridad, Elena no tenía amigos. Desde luego, las calles y plazas de Chicago estaban llenas de antiguos amantes suyos, pero creo que ninguno de ellos se acordaría de Elena si llamase a su puerta. Pensándolo bien, no estoy segura de que Elena recordara a ninguno de ellos lo suficiente como para saber a qué puertas llamar.



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