La otra sensación desagradable que flotaba en un rincón de mi mente se debía a la última frase de Elena. En una dramatización del Tom Sawyer en el instituto cantábamos "En el dulce más allá". Era supuestamente típico de la himnología victoriana de última época. Según recordaba, el dulce más allá era un almibarado eu-femismo por "más allá de la tumba". Nunca había pasado bastante tiempo con Elena como para saber si era simplemente una frase que había oído y que utilizaba, o si se habría ido derecha a tirarse desde el puente de Wacker Drive.

Recorrí minuciosamente el apartamento en busca de algún indicio que hubiese dejado respecto a sus intenciones. El bolso de mano había desaparecido, así como el camisón violeta. Cuando miré en el mueble-bar, vi que no faltaba nada, excepto la mitad de una botella abierta de Johnnie Walker. Pero, por la manera en que dormía por la mañana, pensé que eso se lo habría bebido antes de irse a la cama.

Por una parte, hubiese preferido que se llevara la botella: me hubiese sentido más segura de que no abrigaba ninguna intención inmediata de suicidio. Por otra parte, ¿puede una persona pasarse toda la vida bebiendo y gorroneando a la gente, y luego repentinamente sentir un remordimiento tan fuerte que a los sesenta y seis años ya no pudiese soportarlo más? A primera vista no parecía tan probable. La falta de sueño y mi recorrido entre los edificios calcinados del sur de la ciudad me estaban inspirando más morbo de lo normal.

Me pregunté si debía llamar a Lotty Herschel para comentárselo. Es médico y trata a un buen hatajo de borrachos en su clínica de Damen. Por otra parte, su jornada empieza a las siete con las visitas a los hospitales. Era un poco tarde para una llamada cuya principal función era aliviar mi inquieta conciencia.

Volví a poner el Johnnie Walker en el mueble sin servirme nada. En la ejecución de mi programa, lo relativo a la copa había perdido su atractivo al pensar en Elena engullendo media botella y cayendo en un congestionado estupor. Fui a la cocina, saqué la chuleta de ternera del congelador, y la puse a descongelar en mi pequeño horno mientras me daba un baño. A menos que quisiera alertar a la policía, ya no podía hacer nada esa noche por mi tía.



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