Por lo que fuese, el remojo en la bañera no me relajó como de costumbre. La imagen de Elena, su coqueta sonrisa un poco torcida, sentada en un banco del parque junto a la familia que había conocido en la Oficina de Alojamiento de Emergencia, no dejaba de interponerse entre mi descanso y yo. Me levanté pesadamente de la bañera, apagué el horno y volví a vestirme.

La luz del cuarto de estar del señor Contreras estaba encendida cuando llegué. Bajé las escaleras y llamé a su puerta. La perra gemía de impaciencia mientras él manipulaba los cerrojos. Cuando por fin abrió la puerta, me saltó a la cara para lamérmela. Le pregunté al viejo si había visto irse a Elena.

Claro que la había visto; cuando no estaba cuidando el jardín o comprobando las carreras, vigilaba de cerca el edificio. No necesitábamos ningún perro guardián mientras él estuviese en el recinto. Elena se había marchado a eso de las dos y media. No, no podía decirme qué ropa llevaba, ni si iba maquillada; quién creía que era él, para dedicarse a observar a la gente y a meter las narices en su vida privada. Lo que podía decirme es que había tomado un autobús en Diversey, porque había ido a la esquina a comprar leche y la había visto subir al autobús. En dirección este, eso era.

– ¿No esperabas que se fuera?

Me encogí de hombros con impaciencia.

– No tiene adonde ir. Que yo sepa.

Chasqueó la lengua solidarizándose e inició un interrogatorio detallado. Mi pequeña reserva de paciencia ya se había prácticamente agotado cuando el banquero volvió a abrir su puerta. Llevaba unos ajustados vaqueros Ralph Lauren y una camisa polo.



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