
– ¡Por Dios! Si hubiese sabido que iba a estar usted aullando en la escalera a toda hora del día, jamás hubiese comprado un piso en este edificio -su cara redonda se arrugó ceñuda.
– Y si yo hubiese sabido que usted era un gilipollas llorón, hubiese impedido su compra -respondí groseramente.
La perra gruñó desde el fondo de su garganta.
– Súbete, cielo -me urgió el señor Contreras, impaciente-. Te llamaré si recuerdo alguna otra cosa. Metió a la perra en el piso, entró él y cerró la puerta. Oí a Peppy gemir y resoplar tras la puerta, ansiosa por unirse a la pelea.
– ¿A qué se dedica realmente? -preguntó el banquero.
Sonreí.
– A nada que necesite un permiso de narcóticos, querido, no te estrujes el seso preocupándote por ello.
– Bueno, si no cesa de hacerlo en las escaleras, llamaré de verdad a la policía -dio un portazo ante mis narices.
Volví a subir pesadamente. Ahora tendría algo sustancial que contarle a su amiguita o a su madre, o a quienquiera que llamase por las noches. Me gusta ser servicial.
Una vez en mi apartamento, volví a encender el horno y me puse a cocinar unos champiñones y cebollas con vino tinto. El tener la imagen de Elena dirigiéndose hacia el este en el autobús de Diversey me hacía sentir un poco mejor. Eso parecía significar que tenía un destino específico en mente. Por la mañana, para tranquilizar mi conciencia hablaría con uno de mis conocidos del departamento de policía. Tal vez no les importara seguirle la pista al conductor del autobús, averiguar si la recordaba y hacia dónde se había dirigido al bajar del autobús. Tal vez yo fuera la primera mujer en pisar la luna, cosas más extrañas se han visto.
Ya eran más de las diez cuando por fin me senté ante mi cena. La costilla estaba hecha vuelta y vuelta, sólo un poquito rosa por dentro, y los champiñones glaseados la complementaban a la perfección. Me había comido más o menos la mitad cuando sonó el teléfono. Me quedé pensando si lo dejaría sonar, y entonces pensé en Elena. Si había estado intentando vender el culo en Clark Street, podía ser la bofia que quería que le pagara su fianza.
