Era un agente de policía, pero no conocía a Elena y llamaba por razones puramente personales. O al menos parcialmente personales. Había conocido a Michael Furey cuando fui a cenar a casa de los Mallory el día de Año Nuevo. Su padre y Bobby habían crecido juntos en Norwood Park. Cuando Michael se alistó en la policía, recién salido del colegio mayor, Bobby mantuvo sobre él una vigilancia paternal. En Chicago la gente se preocupa de los suyos, aunque Bobby es un poli escrupulosamente honrado, incapaz de utilizar su influencia personal para promover la carrera del hijo de un amigo. Pero el chico demostró valer por sí mismo; quince años más tarde, Bobby lo recibió con alegría en el departamento de homicidios del Distrito Central.

Después del traslado, hubo un tiempo en que Eileen solía invitarnos regularmente a cenar a los dos. No aspiraba tanto a que me volviera a casar como a que tuviese hijos, y seguía persiguiendo para mí a los mejores y más brillantes policías de Chicago con la esperanza de que uno de ellos me pareciese un buen material procreador.

Eileen pertenecía a esa generación que cree que un tipo con un juego completo de ruedas es más atractivo que otro que sólo puede pagarse una Honda. Furey tenía algo de pasta -el seguro de vida de su padre, decía él, que había podido invertir-, y conducía un Corvette plateado. Era atractivo y alegre, y sí que me gustaba conducir el Corvette, pero aparte de los Mallory y la afición por los deportes no teníamos gran cosa en común. Nuestra relación se basaba en algún viaje ocasional al estadio o a algún juego de pelota. Eileen se calló su decepción pero dejó de invitarnos a cenar.

– ¡Vid Cómo me alegra encontrarte -tronó Michael alegremente en mi oído.

Terminé de masticar.

– Hola, Michael, ¿qué hay?



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