
– Cariño, necesito un lugar donde quedarme. Estoy desesperada. Los polis me iban a llevar a un refugio, pero me acordé de ti y entonces me trajeron aquí. Un joven encantador, con una sonrisa absolutamente espléndida. Le he hablado de tu padre, pero era sólo un crío, por supuesto no llegó a conocerle.
Me rechinaron los dientes.
– ¿Qué ha pasado con tu hotel? ¿Te han echado por follarte a los viejos pensionistas?
– Vicki, cielo… Victoria -corrigió apresuradamente-, no digas palabrotas, no le quedan bien a una chica guapa como tú.
– Elena, corta el rollo -como empezaba a soltar un segundo reproche, me corregí inmediatamente-. Bueno, que dejes de decir tonterías y me digas por qué andas por las calles a las tres de la madrugada.
Volvió a hacer pucheros.
– Estoy intentando decírtelo, cariño, pero no dejas de interrumpirme. Ha habido un incendio. Nuestro querido hogar ha quedado hecho cenizas. Completamente carbonizado.
Las lágrimas asomaron a sus descoloridos ojos azules y corrieron por sus profundas arrugas hasta el cuello.
– Aún no me había ido a dormir y sólo tuve tiempo de llenar una maleta con mis cosas y bajar por la escalera de incendios. Algunos ni siquiera pudieron hacerlo. El pobre Marty Holman tuvo que dejarse su dentadura postiza -las lágrimas se agotaron tan bruscamente como habían brotado, para ser reemplazadas por una aguda risita-. Tenías que haberlo visto, Vicki; Dios mío, tenías que haber visto la pinta que tenía el vejestorio ese, con las mejillas sumidas y los ojos saltones, gritando con ese farfulleo: "Mis dientes, he perdido mis dientes".
– Ha debido de ser hilarante -dije secamente-. No puedes vivir conmigo, Elena. Eso me empujaría al crimen en cuarenta y ocho horas. O tal vez menos.
Su labio inferior empezó otra vez a temblar y dijo en una espantosa parodia de balbuceo infantil:
– No seas mala conmigo, Vicki, no seas mala con la pobre vieja Elena, que ha tenido que huir de un incendio en mitad de la noche. Llevas la misma jodida sangre que yo, la niña de mi hermano favorito. No puedes echar a la calle a la pobre vieja Elena como si fuese un colchón usado.
