
– Acabo de terminar mi turno. Me apetecía ver si estabas y saber algo de ti.
– Venga ya, Michael -dije con sincera ironía-, ¡qué atento eres! Cuánto hace, ¿un mes o dos?, ¿y me llamas ahora, a las diez de la noche?
Se rió, cayendo en la cuenta.
– Hm, bueno, Vic. Ya sabes cómo es. Tengo algo que pedirte y no quisiera que te lo tomaras a mal.
– Inténtalo.
– Es… esto… bueno, es que no sabía que te interesaras por la política del condado.
– No me interesa especialmente -estaba sorprendida.
– Ernie me ha dicho que estás en la lista de los patrocinadores de la recaudación de fondos para Fuentes que van a ir el domingo a la finca de Boots.
– Desde luego, las noticias vuelan -dije en tono ligero, pero sentí que me estaba poniendo tensa, cavilando con fastidio: odio que me controlen mis actividades.
– ¿Cómo lo sabe Ernie, y por qué le importa?
Ernie Wunsch y Ron Grasso habían crecido con Michael en el barrio noreste. Los ocasionales trabajos políticos que habían hecho de adolescentes y luego de jóvenes adultos no les habían perjudicado a ninguno de ellos a la hora de decidir entrar en la compañía general de contratas del papá de Ernie tras sus estudios. Su compañía no era de las más gigantescas, pero cada vez se veían más camiones de cemento con las rayas rojas y verdes de Wunsch & Grasso en las obras. Su mejor golpe había sido conseguir la licitación del complejo Rapelec, un centro de oficinas y viviendas en construcción junto a la Costa Dorada.
– Temía que te lo tomaras en el mal sentido -dijo plañideramente Michael-. A Ernie no es que le importe. Lo sabe porque él y su viejo han hecho cierta cantidad de trabajos para el condado desde hace años. Así que por supuesto le solicitan para todas las colectas de fondos. Ya sabes cómo son las cosas en Chicago, Vic: si haces trabajo para el municipio o el condado, te comprometes a cierta reciprocidad.
Sí, sabía cómo era.
