
– Más o menos -admití, ruborizándome a pesar mío.
– Debería perseguirte por intentar sobornar a un poli.
Refunfuñaba, pero su tono era bonachón; me prometió llamarme al día siguiente si sacaba algo en claro. Quedamos en encontrarnos el domingo a las tres; como conocía el camino, se ofreció a llevar su coche. Le dije que le seguiría con el mío, no quería vagar por la finca de Boots Meagher hasta las doce mientras Michael reencontraba a sus viejos colegas del barrio.
Cuando colgamos, mi chuleta se había enfriado y la salsa de vino glaseada estaba congelada. Estaba demasiado cansada para volver a calentarlo esa noche, y lo embutí todo en el refrigerador. Caí redonda en la cama y me pasé la noche entre angustiosos sueños en los que perseguía a Elena por todo Chicago, perdiéndola siempre en el preciso momento en que se subía al autobús de Diversey en dirección al este.
Capítulo 5
La “suite real”Trabajé para el condado durante cinco años cuando terminé leyes. Durante mis años en la escuela de Derecho, los veranos me los pasaba encerrada en las gigantescas empresas del Loop, y había ocupado toda una serie de empleos extraños para pagarme los estudios universitarios. El peor de todos fue vender libros por teléfono para Time-Life de cinco a nueve de la tarde. Llamas a la gente a la hora de la cena y te despachan a gritos. Ocho o nueve veces llamé a casas de gente fallecida: una de esas mujeres acababa de morir el día anterior, y me zafé de la llorosa hija a toda prisa y sin ninguna elegancia.
Así que sé que trabajar para mí misma vale mil veces más que toda una sarta de otros empleos. Pero aun así, ser detective privado no es como el romance del caballero solitario que Marlowe y Spencer quieren hacernos creer, la mitad del tiempo estás metida en alguna tediosa vigilancia o te pasas el día en el Centro Daley comprobando antecedentes. Y buena parte del tiempo restante te lo pasas vendiéndote a la gente que contrata tus servicios. Y a menudo sin el menor éxito.
