Estaba sentada en mi despacho, con los hombros encorvados, observando a las palomas que peleaban por un sitio en el alféizar de la ventana. Finalmente extendí el brazo para encender mi lámpara de mesa y llamé a Michael Kurey al Distrito Central. No demostró mucho entusiasmo al oírme, pero me dijo que había indagado en el depósito de cadáveres y en algunos hospitales de la zona: no les habían llevado a ninguna borracha de pelo gris desde la tarde anterior.

– Tengo que irme, Vic, estamos en ello. Hasta el domingo…

Normalmente me hubiera metido con él, diciéndole que en lo que estaba era en una partida de póker, pero colgué sin decir nada: no estaba de humor para bromas.

Me di cuenta demasiado tarde de que una de las cartas que estaba rompiendo era de un antiguo cliente. Rebusqué entre los pedazos del suelo y la reconstruí lo suficiente como para ver que me pedían una simple comprobación de antecedentes. Podía esperar hasta el lunes, tampoco estaba de humor para hacerlo esa noche. El resto de los papeles los amontoné y los tiré a la papelera.

Abochornada por mi anterior arranque de ira, archivé sensatamente los papeles restantes de mi mesa, y luego fui al lavabo de señoras del séptimo piso a buscar agua para fregar el suelo. Quedaba tan bien que terminé fregando los alféizares y los archiveros. Limpia ahora en pensamiento, palabra y obra, cerré la oficina.

De camino al garaje pasé por un cajero automático para sacar los noventa dólares, y luego me uní a la lenta procesión que salía del Loop. El viernes todo el mundo sale temprano del trabajo para ampliar al máximo la cantidad de tiempo que pasan inmovilizados en los atascos antes del fin de semana.

Eran casi las cinco cuando llegué al Windsor Arms, en Kenmore.



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